chica-sentada
especiales

Post de cuarentena IV

chica leyendo

¿QUÉ LEES?

Thriller… qué misterios.

Romántica… qué desencuentros.

Aventuras… qué experiencias.

Biografías… qué vidas.

Poesía… qué rimas.

Fantasía… qué imaginación.

Épica… qué grande.

Cuentos infantiles… que nunca dejes de hacerlo.

Tebeos… qué ilustraciones.

Periódicos… qué noticias.

Revistas… qué artículos.

Libros de cocina… que aproveche.

Diccionarios… qué palabras.

Libros de texto… qué sabiduría.

Las líneas de la mano… qué futuro.

Prospectos de medicamentos… que te cures.

Ingredientes de alimentos… qué calorías.

Manuales de instrucciones… que te enteres bien.

Paneles informativos… que no se te escape el tren.

La mente… qué indiscreto.

Los posos del té… ¿qué dicen?

Tus labios… ¡te quiero!

LA CHICA QUE ESPERABA QUE LE PASARAN COSAS

chica junto a árbol

Como si de una manzana, a la espera que cayese del árbol se tratase, la chica que esperaba que le pasaran cosas, se limitaba a poner la mano, «ya caerá», se decía. Y con sus sueños, y los proyectos que iniciar, optaba por la misma posición: la de mano extendida a la espera de que todo fuese llegando.

Así, pasaba el día pensando:

«Si yo fuera…»

«Si yo tuviera…»

«Si yo hiciera…»

No se movía de su posición junto a ese árbol, por si la manzana llegaba a caer. Permanecía quieta y observadora mientras los demás hacían por tener y se movían para avanzar.

En cambio ella, en su púlpito de espectadora de la vida, criticaba todo y todo lo de los demás le parecía mal. «Lo que te ha pasado ha sido solo suerte», sentenciaba duramente con los éxitos y logros ajenos.

Y la manzana, en el mismo árbol se secó y murió, sin rozar la mano de la chica que nunca probó su delicioso sabor.

LA SILLITA DE PENSAR

chica sentada

Con cada una de sus acciones precipitadas, la pálida dama se apartaba hasta un rincón, allí donde se encontraba la «sillita de pensar». Elemento del mobiliario que servía para detener alguna de sus malas acciones, aquellas en las que no había previsto sus consecuencias.

Esa sillita era un tiempo muerto para reflexionar, un alto en su día a día para valorar si sus gestos o sus palabras herían.

Un rincón donde solo estaba permitida la mirada introspectiva, un viaje hacia adentro para encontrarse consigo misma, para recordarle quién era y por quienes estaba rodeada.

Ese alto en el camino le ayudaba a sopesar si era necesario el arrepentimiento. Y, de ser necesario, esa sillita le facilitaba el trance que para algunos resultaba tan difícil: pronunciar esa palabra sanadora que es «PERDÓN».

Autor

antonio.izquierdo.ai@gmail.com

Comentarios

11 mayo, 2020 a las 11:01 pm

Cuanta razón tienes. Nos pasamos el tiempo pensando en los demás y pocas veces somos decididos. Si no haces nada, no te puedes equivocar.



Deja un comentario