baños
especiales

LAVABOS POR EL MUNDO

Es este el blog de las pequeñas cosas, donde como ya habéis podido comprobar hablo de diversos temas, hoy voy adentrarme en el apasionante y oloroso mundo de los baños públicos. Aunque a estos no los trataría de «pequeña cosa», sino que es algo grande y muy importante, mucho más de lo que piensan sus responsables dado el estado en el que mantienen algunos de ellos, en los que, digámoslo abiertamente: mejor no haber entrado nunca.

Yo suelo viajar frecuentemente, pero a veces no es necesario ir muy lejos ni hacer muchos kilómetros lejos de casa para descubrir algunos de esos tesoros dignos de etiquetar como: «El váter más guarro de todo el mundo». Ahora que lo pienso estoy con la duda de si está leyenda o una muy parecida no aparece en una película… Hummm… ¿Trainspoting? ¿Puede ser? No lo recuerdo. Mucho cine y muchos baños públicos acarreo ya a mis espaldas, la verdad.

No ha sido hasta este verano, en mi último viaje, que no se me ocurrió hacer esta entrada, y al ponerme con su redacción no sabéis lo mucho que lamento que, tras años de mi vida visitando servicios around the world, no haber fotografiado algunos de esos lugares para poder mostrároslos. Muchos eran inquietantes, otros increíbles, la mayoría olvidables, algunos envidiables por su decoración o limpieza (los menos, todo hay que decirlo).

Pese a no tener documento gráfico de todos ellos, ilustraré mi entrada de hoy con algunas fotos y el resto deberéis ponerlo de vuestra imaginación al leerme.

Sorpresas al fondo a la derecha

¿No os ha pasado que estáis en un sitio donde se come de vicio, el trato es excelente, los camareros de una simpatía arrolladora…? Vamos, ¡que echáis un rato muy majo! Y además recomendaríais ese restaurante a cualquier amigo. Y antes de marcharos decides ir al baño, preguntas la ubicación y te dicen:

  • Al fondo a la derecha.

(Es el sitio exacto que la sociedad de arquitectos, aparejadores, contratistas y jefes de obra, a nivel mundial, decidieron por unanimidad que debían ubicar siempre unos baños públicos)

Entonces tú, con la cara de plena satisfacción por los productos gastronómicos ingeridos en ese local, te acercas hasta ese lugar indicado y te topas con la realidad más cruel y espantosa y entiendes, al fin, por qué todo es tan bueno y especial en cuanto a comida y atención al público en ese restaurante en el que te encuentras: no tienen tiempo de nada más que de cocinar rico y de sonreír.

Y se han olvidado por completo de que los clientes también tenemos que hacer pipí, aguas mayores, lavarnos las manos o simplemente desear mirarnos al espejo, no sea que estés allí comiendo en la compañía de una cita importante y se nos hayan quedado restos de comida entre los dientes… Que sí, feo está que lo diga e incluso os provocará asquito, pero eso pasar pasa y, ¿cómo sienta descubrirlo si nadie te ha avisado? Como una patada del Van Damme y el Chuck Norris juntas, que nunca he recibido una pero intuyo que debe de doler… bastante.

A lo que voy, resulta que has abierto la puerta para encontrarte con que ese baño no casa con todas las atenciones que tu estómago ha recibido hasta ese desagradable momento en que descubres un aseo al que prefieres no pasar, y entonces te dan ganas de girar sobre tus talones, salir de allí y decirle al camarero:

  • Oiga, disculpe… que le he preguntado por el baño, no por la cuadra de los animales.

(Que también estaría feo tener a los animales en esas condiciones, todo sea dicho)

Y ahí estás tú, mirando con horror a lo poco que se distingue en esa semi penumbra, que casi agradeces esa escasa iluminación porque de lo contrario, y si hubiese un reflector como en las vallas de las cárceles para detectar presos a la fuga, los que saldríais a la fuga seríais vosotros aguantando las aguas, mayores o menores, durante cientos y cientos de kilómetros.

Bien es verdad que a veces me he encontrado con maravillas en cuanto a limpieza y decoración. Una cinéfila como yo valora con agrado la decoración de este baño del restaurante Monumental en Murcia.

Y recuerdo especialmente un restaurante en Asturias en el que había rosas frescas sobre el lavabo y un cestillo con toallas blancas, impolutas e inmaculadas, para secarte las manos y después desecharlas a otro cestillo dispuesto allí con tal fin.

Al entrar tuve la sensación de estar más en una casa que un lugar público, daban ganas de no salir de allí. Sus paredes estaban decoradas con acuarelas enmarcadas, todo el espacio rezumaba olor a nuevo y creo que lo que faltaba era un letrero con luces destellantes y parpadeantes que dijese: «Acaba usted de estrenar este baño, ¡¡enhorabuena!!». ¿No me digáis que eso no merece una foto? Allí, en ese espacio limpio, fragante y convenientemente iluminado con una mezcla de luces en tonos cálidos y vosotros con ese letrero en vuestras manos o sobre vuestra cabeza.

Una foto digna de conservar siempre, esa que, aunque cambiéis de móvil os sea del todo indiferente perder las instantáneas del viaje a Tombuctú o vuestra caída libre lanzándoos desde una avioneta sobre la sabana africana (qué vistas, oiga usté) pero por favor, la del estreno del váter ¡¡esa que no se pierda!!

¿Qué más recuerdo?

Pues aquellos baños que carecen de letrero que indique damas o caballeros, y ahí estás, que no sabes qué puerta empujar y si la empujas y ves un urinario te puedes orientar, pero si ambos son calcados pues crea confusión y puedes pasar y a la salida chocar con un hombre y si eres mujer dirás: ¿se ha equivocado él o yo?

Ahora bien, a veces no hay confusión posible, directamente no pone nada porque es unisex y… ¿es unisex porque el dueño o dueña crea en la igualdad de género? ¡¡¡Nooooo!! Porque ese váter es tan diminuto que el constructor bastante bien lo hizo que metió en los planos un baño. O no lo incluyó y lo puso in extremis cuando alguien se dio cuenta de que el local carecía de ese servicio básico y pensó «lo pongo donde sea y cómo sea».

Claro que sí, y le han puesto puerta porque es obligatorio, pero fíjate que ya al instalarla igual tú no puedes pasar al interior porque hay veces que me he encontrado con baños en lo que no se podía ni entrar como no fuese de perfil, metiendo barriga y aplastándote contra la pared y una vez que estás dentro vas y te las ingenias para cerrar la puerta.

Y ya cerrada es todo tan estrecho que la capacidad de maniobrar allí dentro es absolutamente imposible y entonces, una vez atrapada, en aquel zulo, piensas que porqué mejor no te lo has hecho encima y así te ahorras esa experiencia tan amarga y claustrofóbica.

A veces los letreros en las puertas no son tales y encuentras motivos originales y artísticos para indicarlo.

No papel, no jabón, no agua… ¡¡no limits!!

Sí, señoras y señores, nada de nada. Existe el «sin límites de gastos» y  el «sin límites para joderte bien en el interior de un baño», que no es otra cosa que no encontrar a tu alcance nada de lo básico y necesario y si se te ocurriera quejarte aún podría venir el dueño y decirte: «Oiga, si hay váter, ¿qué más quiere?», pues no sé, caballero, déjeme ahí encerrada un par de horas que igual o muero o se me ocurre algo ingenioso que decirle.

Porque no deseo recordar esos baños sin váter, esos agujeros en el suelo que antaño llamaban baño, yo he visto en mi niñez más de uno y tengo pesadillas y escalofríos solo al recordarlo. Parece como si estuviese ahora mismo ante uno de ellos y ese agujero más bien parecía el Ojo de Mordor, ahí, al acecho, inquietante, atemorizante, sin saber qué mira (bueno, sí lo sabes: tus partes nobles contigo en las alturas…) Terrible, absolutamente escalofriante ese agujero al vacío, un abismo al infierno prácticamente.

Nos hemos quedado en los baños sin elementos para la higiene y si llevas algún pañuelo de papel en los bolsillos, te puedes salvar. A veces sí hay jabón pero o no hay agua y ahí te quedas con las manos pringadas después de haberte embadurnado bien con ese untuoso gel de manos o cae un hilillo tan fino y ridículo por el grifo que necesitas estar enjuagándote las manos hasta que escuches gente tras la puerta y tengas que abandonar semejantes lujos higiénicos en pos de un nuevo pañuelo que alguno de tus acompañantes te puedan prestar.

En una de mis visitas en lavabos por el mundo, descubrí que en uno de esos baño no había jabón pero si otra cosa…

Sí, ahí lo veis: colonia ¡¡y familiar!! Y yo, que iba con prisas no leí, simplemente acerqué la mano y presioné unas cuantas veces. Mi sorpresa fue descubrir que no caía jabón si no otro producto mucho más líquido. Y diréis: «mira, qué detalle», pues sí, hasta que me reuní con mi acompañante y me dijo: «¿Por qué hueles a colonia de los piojos?». Qué gran momento para olvidar.

Que la cisterna no funcione eso ni lo comento, la verdad, eso es un básico que no merece aquí una sola línea, ¿quién en este mundo no se ha encontrado con un váter así? Muchos millones más que con el baño de las rosas frescas sin duda alguna, ya me contesto yo misma.

Sin medidas de seguridad

Y no hablo de un portero de esos de espaldas cuadradas, nooo, ¿qué me decís cuando el baño no tiene pestillo? Hombre, eso ya es un detalle digno de dejar propina antes de marcharos. Porque había tanta camaradería y complicidad entre todos los presentes en el restaurante que poner un pestillo para salvaguardar tus partes nobles rompería ese momento de intimidad que se ha creado en el salón entre todos los comensales.

Pase usted a orinar y deje que algún extraño le abra la puerta de par en par y si la puerta queda justamente frente al salón donde todos comen mejor que mejor. «Restaurantes con vistas» se les llama a esos locales, por si alguien no sabe qué significa ese dato en la guía Michelín.

¿Dónde dejo mi bolso?

Ese es otro imprescindible dentro de un baño: una percha, un colgador, un gancho por pequeño que sea. Porque a veces no sabes qué hacer con el bolso, y si es de asa corta para llevar en la mano ni puede dejarse en el picaporte porque se resbala, y ahí te ves, haciendo malabares para sostener el bolso, bajarte la ropa…

Y si es invierno con el abrigo puesto y debajo de este vas envuelta entre capas y capas de ropa y el bolso a la bandolera… Entonces ya no te bajas los pantalones como no sea con la mente y sí, de nuevo prefieres hacértelo encima que hacer esos ejercicios de contorsionismo dentro de un váter público y con gente esperando impaciente a la puerta todavía más.

¡¡¡Señores de los váteres del mundo!! Por favor, acérquense a un «chino» y compren todo lo necesario para dotar a sus servicios públicos de lo mínimo imprescindible, por cuatro duros amueblan y decoran su baño, de todos es sabido y ya lo decía la canción: «En el chino hay de to, de tó…».

Las apariencias engañan

A veces un exterior precioso puede llevarnos a confusiones ¡y graves! Encontré estos baños públicos, véase que fachada más agradable repleta de flores, un espectáculo así no augura, ni por asomo, lo que vas a encontrar dentro. Este baño también era uno de esos no limits, porque lo único que sí tenía era una semioscuridad alarmante, casi hay que hacer pipí en Braille y un olor penetrante que podía llevar a la asfixia más absoluta al intentar aguantar la respiración mientras estabas dentro. Este sería un váter engañabobos, penetras en él con esa paz en la mirada ante el esplendor de las flores grabadas en tu retina y una vez pones un pie dentro tu mirada se nubla horrorizada.

Estoy por pensar que las flores que se les pudren en la fachada las entierran bajo el baño, no era normal aquel aroma.

Más baños

¿Qué me diríais de los baños inundados? ¿Esos que para entrar debes remangarte los bajos so pena de llevártelos mojados con ese adorable agüilla? Sííí, ¡qué asco! Ya lo sé, pero la realidad manda y hay que describirla.

Y qué decir de las pintadas en las puertas, ¡grandes momentos de la poesía callejera! Lástima no tener una foto ahora mismo porque he leído de todo en esas puertas, desde el clásico: «Pepa love Juan» encerrados en un corazón atravesado por una flecha, ¡un clásico del romanticismo! Hasta las descripciones más rudimentarias de cómo masturbar a un hombre con diferentes elementos de tu cuerpo, ahí ya «Pepa no love a Juan», directamente es porno del duro en una puerta de váter.

Y te paras a pensar en la de tiempo que a la gente le sobra para hacer esas extensas pintadas y yo que solo quiero entrar, sin respirar y largarme, ¡¡como para ponerme ahí rotulador en mano a contar mi vida!!

Aunque, ahora que lo pienso, podría dejar publicidad de mi novela: «Lea La pelirroja de la bicicleta, pero no aquí, en la tranquilidad de su casa y enamórese hasta las trancas, 100% recomendable». Y si el dibujo se me diera bien hasta podría dejar una ilustración de mi portada. ¡En la de váteres que he estado y la de lectores que he perdido…!

Un baño de casino

En una ocasión, de visita al casino de Mónaco, tuve la suerte, porque eso fue una suerte, y no fue que jugué a nada y gané, no, que va, la suerte fue poder entrar a su baño y presenciar un fenómeno de cómo avanza la tecnología. La taza del váter se autolimpiaba, tenía un peculiar y moderno sistema en el que cuando tirabas de la cadena, una especie de gancho sujetaba la tapa, la elevaba unos centímetros del asiento y la desinfectaba, después la volvía a colocar en su sitio.

Confieso aquí y ahora, ante todos ustedes, que mi estupefacción y sorpresa fue tan grande que tiré de la cadena no en una sino en hasta en tres ocasiones para poder apreciar en todo su esplendor la calidad de ese avance científico. Simplemente me encantó, igual ahora que existen los inodoros con «chorrito» eso es muy normal, pero hace 16 años cuando visité el casino a mí me pareció de lo más moderno.

Amigos de lo ajeno

Recuerdo una vez, a la espera en una pequeñita estación de tren, haber entrado a su baño, otro de esos que prefieres olvidar por el aroma intenso, pero este tenía una peculiaridad y es por esto que no lo he podido olvidar, de hecho esta anécdota aparece en una de mis novelas, mi protagonista femenina se la cuenta al protagonista dejándolo totalmente anonadado.

Resulta que la escobilla del váter estaba sujeta a la pared con una cadena, vuélvanlo a leer pero sí, la escobilla seguirá ahí atada. Yo estaba tan sorprendida que no podía si no parpadear atónita. A ver… ¿quién estaría tan desesperado cómo para robar una escobilla de váter? No sé, no tengo respuesta, si aún me dices que lo que estaba atado con una cadena a la pared era el váter del casino de Mónaco todavía te digo: «semejante modernez necesita protección» pero… ¡¡una escobilla de váter!!

Pongámonos serios, ¿los amigos de lo ajeno andan tan desesperados? Pues al parecer sí, porque de no ser así en ese baño no habrían tomado semejantes precauciones.

Baños portátiles

He dejado esta sección para al final a propósito. Los baños portátiles son un submundo, una categoría especialísima dentro de los baños around the world. Mi necesidad tiene que ser muy pero que muy imperiosa para que, de no hallar otro lugar, yo me atreva a entrar en una de esas cabinas con vistas al horror. Y cuando no hay más remedio y tienes que penetrar en ese abismo de suciedad y… no sigo describiendo porque no deseo que dejéis de leerme en este mismo momento.

He estado en algunos terribles, yo creo que son de un solo uso, quiero decir, un uso para las fiestas de pueblo, o para la semana santa o para una feria y después, pasado el acontecimiento los desechan, lo destruyen como si de material radioactivo se tratase.

Porque, de no ser así, ¿para qué limpiar eso? ¿Y quién iba a ser el valiente de hacerlo? Vamos, una opinión, perdón mi ignorancia si alguien trabaja en ese mundillo y ha tenido que limpiar alguna vez uno de esos baños de plástico, vayan desde aquí mis más sentidas condolencias, esa persona sin duda alguna es un héroe o heroína, ni Iron Man ni Batman ni Aquaman… Toiletman.

Tuve la grandísima suerte, una vez en mi vida, de entrar a uno que olía a colonia con aroma de coco, yo creo que lo inauguraron un minuto antes de que yo entrase a su interior, un poco más y llego a cortar la cinta y salgo en la foto. Fue en una visita que hicimos a Zamora y el baño estaba impoluto, entré con las piernas temblándome ante el horror que esperaba encontrar y después no encontraba como salir, era tal mi incredulidad que tuve que mirarlo todo varias veces para creer que aquello me estuviese pasando a mí.

Una versión de baño portátil la encontró una amiga en Holanda, aquí vemos que tiene versión masculina y femenina, todo integrado.

Y bueno, me despido ya a la espera de que compartáis, si os apetece, alguna anécdota de W.C. Yo por mi parte quiero cerrar este memorable escrito de hoy con esta foto, un cartel informativo que encontré en un baño y que me dejó definitivamente traspuesta.

Sinceramente, no tengo palabras y no sé qué decir ante semejante prohibición.

Autor

antonio.izquierdo.ai@gmail.com

Comentarios

22 septiembre, 2019 a las 7:59 pm

Baños portátiles y la figura de «Toiletman»… Sin desperdicio.





24 septiembre, 2019 a las 11:01 pm

Repleto de ingenio y realidad a la par… Lectura imprescindible para quien tenga un bar o quiera montar uno! Muy divertido!!!



24 octubre, 2019 a las 9:22 am

Good info. Lucky me I reach on your website by accident, I bookmarked it.



Deja un comentario