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LA RECOLECTORA DE PALABRAS

niña escribiendo

Ella era una tímida chica que gustaba más de escuchar, de escribir o leer que de hablar. Y eso a pesar de que su alimento eran las palabras, puesto que pasaba los días recolectándolas: mañana, tarde y noche. En el desayuno y también antes de comer junto a una copita en el aperitivo; tras el café o la hora de la merienda, después de cenar y con ese vaso de leche caliente antes de irse a la cama.

Salía a diario de casa en busca de palabras.

Las cazaba, las acumulaba, las unía, las enlazaba, las separaba, las saboreaba en su mente mientras los demás las pronunciaban y después, a solas, y como si de un alquimista se tratase, las diseccionaba, las mezclaba, experimentaba con ellas.

Le gustaba quedarse la última cuando esperaba su turno en el supermercado, únicamente para escuchar las conversaciones de los clientes, de los dependientes y las de esos niños que pedían a sus padres algunos de los caramelos que el expositor exhibía junto a la caja registradora.

Paseaba por la ciudad, sin rumbo fijo en pos de personas que mantenían una conversación.

Esperaba silente en la parada de autobús, cuando no tenía necesidad de subir a ninguno.

Se sentaba en la peluquería para hacerse un recogido que no iba a lucir en fiesta alguna.

Pedía un té o un café tras otro en una concurrida terraza y los dejaba enfriar.

Se subía  a trenes con billete de ida y vuelta, espiando conversaciones fugaces, entre pasajeros o llamadas de teléfono.

Y todo eso, única y exclusivamente, para hacer lo que más ansiaba en la vida: poder escuchar y recolectar palabras. Más tarde, en la tranquilidad de casa, formaba adivinanzas, metáforas, refranes

Componía poemas y a veces hasta se le trababa la lengua.

Como si de mariposas se tratase cazaba al vuelo sinónimos y antónimos.

Adoraba las palabras esdrújulas y sobresdrújulas y tenía toda una colección de polisémicas.

Se maravillaba con una leyenda y reía a carcajadas con un buen chiste o con un largo y ocurrente monólogo.

Bailaba todas las canciones que sonaban en la radio, embelesándose con las baladas y enamorándose con las frases que declaraban fiel amor y ardiente pasión.

Radio antigua

Atendía a los noticieros y disfrutaba de un buen debate sobre los asuntos más diversos.

Reportajes, entrevistas y programas de cocina, donde las técnicas culinarias despertaban el máximo interés en ella, y no por ponerlas en práctica, si no por las fascinantes palabras que los expertos en cocina empleaban: tamizar, clavetear, soasar, acidificación, retractilar, napar, caramelizar…

¿Dónde más conseguir palabras? se preguntaba continuamente la insistente recolectora: parábolas, rimas, acertijos, frases hechas, micro relatos y cuentos.

Novela larga o corta, bilogías y trilogías, colecciones y sagas para las noches de insomnio.

Periódicos, revistas y tebeos para las tardes de domingo.

Oraciones coordinadas, subordinadas y yuxtapuestas almacenadas en estanterías en su amplio trastero.

Adjetivos, sujetos y predicados dentro de decorativas latas de latón.

latas de colores

Adverbios en una caja de cartón, sustantivos en un tarrito de cristal, complementos circunstanciales en sobres perfumados: naranja, canela, frutos rojos, manzana, jengibre, menta, limón…

Verbos en un gran archivador de pesados y antiguos cajones: personales e impersonales, transitivos e intransitivos, pronominales, reflexivos, defectivos, auxiliares…

Y sus pertinentes conjugaciones clasificadas junto a otro archivador.

Pronombres en el cajón de su mesita de noche y así tenerlos muy a mano.

Preposiciones en un decorativo mural del salón, para verlas nada más entrar en casa.

Artículos grabados con tinta permanente en pequeños platos para sujetar coquetas tazas de té.

Conjunciones primorosamente bordadas en pañuelos de seda: copulativas, disyuntivas, causales, comparativas, concesivas…

Interjecciones pintadas a mano en las macetas de su gran jardín: propias, impropias, imitativas, apelativas, formularias…

Topónimos en el interior de huchas como si de billetes de 5 euros se tratase.

Palabras monosílabas, bisílabas, trisílabas y polisílabas distribuidas en carpetas de tapas transparentes.

Y cuando en casa ya no cabían más palabras decidió viajar, pero no con billete de ida y vuelta, se fue para no regresar, a otro país, a otro lugar, otro idioma y de nuevo volvió a empezar.

El mundo es grande, las lenguas y dialectos abundan en cantidad y la recolectora sabía que su trabajo nunca se llegaría a acabar.

Soy Pintina Cuneo, también recolecto palabras para unirlas y jugar con ellas.

Regalo palabras, siempre y en todo momento, aquí en PINTINA CUNEO Y EL BLOG DE LAS PEQUEÑAS COSAS, también en Facebook me podéis encontrar y como no, mi primera novela publicada os está esperando: LA PELLIROJA DE LA BICICLETA os invita a pedalear junto a ella si queréis reír y disfrutar entre páginas y páginas de ocurrencias y palabras tiernas.

Os dejo con el book tráiler de LA PELIRROJA DE LA BICICLETA

Autor

antonio.izquierdo.ai@gmail.com

Comentarios

25 febrero, 2020 a las 3:40 am

Great content! Super high-quality! Keep it up! 🙂



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