El día que se perdió la cordura
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EL DÍA QUE SE PERDIÓ LA CORDURA de Javier Castillo

El día que se perdió la cordura

Imaginaos que el escritor Javier Castillo es una araña y la historia es su tela, la teje de fuera a dentro, haciendo idas y venidas intercalando los hilos: presente y pasado. Pero hablamos del presente de más de un personaje y también de un pasado para otros de los personajes. Esa sería la estructura temporal de El día que se perdió la cordura. Puesto que se desarrolla en varias líneas temporales y no se suceden unas a otras.

También es la base de la trama, puesto que en sí, la novela transcurre en solo cuatro días, ahora bien, entre el principio y el final es donde el autor se recrea hilando su telaraña.

¿Cómo es ese día en que se pierde la cordura? Y cuando llega ese momento, ¿eres consciente de que la sinrazón se ha adueñado de ti? ¿Sabes que algo en ti ha hecho «clack»? ¿Qué hay algo que no funciona? Si las piezas de tu propio engranaje que son: la razón, la inteligencia, el discernir lo real de lo imaginario, el diferenciar la maldad de la bondad, la humanidad de lo salvaje… si esas piezas no encajan como deben, ¿sabrías pedir ayuda o te dejarías llevar por tu locura?

¿Qué ocurriría se le dieses alas a todas esas visiones o sueños que te atacan y no te dejan vivir? ¿Concebirías un plan para salvar al mundo pese a lo irracional e inhumano de tus actos? Muchas son las preguntas que el autor nos hace plantearnos ante esa cordura que pierde uno de sus personajes y que arrastra consigo a otros, sembrando de dolor, pena y angustia a personas inocentes.

Lo atrayente de la historia es que nada es lo que parece, que esa pérdida de cordura puede afectar a más de uno de los personajes y que puede estar el lector equivocado en sus apreciaciones iniciales.

Jacob, Stella y el doctor Jenkins

En principio ellos serían los actores principales de El día que se perdió la cordura, pero a medida que se van sucediendo episodios del pasado, intercalados con el presente, nos damos cuenta de que los protagonistas no son únicamente ellos tres y que además todos estarán conectados: por un nexo común, por la misma persona, por el mismo acto de pérdida de control… Puesto que ese día, El día que se perdió la cordura, todos los personajes estaban implicados de un modo u otro en un desgraciado suceso que tendrá consecuencias a lo largo del tiempo.

«Todo en la vida tiene su porqué, pero solo se conoce cuando miras hacia atrás»

El libro se inicia con Jacob, paseando desnudo por la calle mientras sujeta la cabeza decapitada de una mujer. De inmediato entran en acción el doctor Jenkins (director del complejo  psiquiátrico a donde es confinado Jacob) y Stella, agente del FBI que intentará interrogar a ese hombre que ha sembrado el terror en las calles por las que se paseaba de esa guisa.

El interrogatorio de Jacob

Básico y fundamental para el devenir de la novela, puesto que hasta que Jacob no empieza a relatarle su historia a Stella andamos un tanto perdidos con tanto salto en el tiempo. Esto mismo, ese ir hacia delante y hacia atrás, al principio puede resultar desalentador para el lector, puesto que los capítulos son muy cortos y antes de estar inmersos en él, el autor pasa de inmediato a otro capítulo, lo cual supone otra época, otro escenario, otro personaje y puede resultar confuso.

El lector debe estar pendiente todo el tiempo de la fecha marcada al inicio de cada capítulo de El día que se perdió la cordura y entiendo que esto puede generar diversidad de opiniones en cuanto a la facilidad para seguir atento a la lectura.

A medida que la trama avanza vamos tomando posición en esa telaraña, situándonos en cada parte de la historia en la que los diferentes personajes están jugando su papel, para acabar su periplo todos juntos en el mismo lugar en el que se inició todo.

Y entonces van encajando la mayoría de elementos de la narración y entendemos el papel de cada personaje en El día que se perdió la cordura. Pero hasta que eso no sucede Javier Castillo nos tiene en vilo ante el deseo de conocer las motivaciones de cada uno para obrar en el modo en el que lo hacen. Claro está que, las conoceremos pero no las compartiremos, puesto que los actos que algunos de los personajes llegan a cometer son crueles y sin sentido alguno.

Final abierto en el que quedan dudas importantes por resolver

Y esto es algo que no me agrada, hubiera preferido que la historia concluyese por completo. Al no hacerlo, se deja una puerta abierta para continuar con la historia y poder así, en esa continuación, aclarar uno de los asuntos pendientes. Puesto que El día que se perdió la cordura ocurrieron demasiadas cosas, tantas que el autor se guarda uno de esos dementes actos al parecer para desarrollarlo en su novela El día que se perdió el amor.

«A veces el amor te pone en el camino equivocado para que sepas cuanto duele»

La verdad es que, al cierre del libro, no puedo decantarme por una opinión tajante de si me gusta o no la historia, en parte porque deja muchas incógnitas sin resolver, y en parte porque actos de extrema violencia se relatan de manera muy superficial, concediéndole más relevancia, y frases de mayor intensidad, a otros actos más banales o cotidianos.

La prosa de Javier del Castillo brilla en muchos párrafos, pero a menudo navega cuando no desarrolla en profundidad situaciones muy duras para los personajes o se vislumbran incongruencias en algunos actos o razonamientos.

A favor del autor y de El día que se perdió la cordura es como despierta en el lector el interés y casi la necesidad de llegar hasta el final para contestar a todas esas preguntas que nos estamos planteando desde la primera página.

Como veis una de cal y otra de arena, tal y como le ocurre a la mayoría de lectores que ya han viajado entre las páginas de El día que se perdió la cordura, cuyas opiniones van desde calificar su novela como «sublime», comentario que todo escritor espera de su obra, hasta calificarla de «aburrida», esa palabra que ningún autor espera leer en una crítica.

Autor

antonio.izquierdo.ai@gmail.com

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