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VIAJANDO EN COCHE «un paseo por la Bretaña francesa»

Viajar en coche proporciona una libertad que restan otros medios de transporte. Ante una salida de siete días el problema «¿qué meto en la maleta?» no llega a ser tal, puesto que si dispones de un maletero enorme no hay problema de añadir al equipaje ropa de verano, ropa por si hace fresquito (esa «rebequita» que tu madre siempre te ha dicho que cojas por si refresca), prendas por si hace más fresquito todavía y calzado variado: zapatillas cómodas, botas de treking, sandalias monas y las chanclas de playa por si el tiempo lo permite y podéis mojaros los pies en alguna playa o río a visitar.

Aunque la verdad es que a las sandalias monas más bien poco uso les di y chanclas no hemos llegado a usar puesto que el tiempo no invitaba a ello. En este momento y desde donde escribo, puedo ver mis tendederos repletos a rebosar de ropa secándose al sol, sobre todo lo que más veo son calcetines. Las coladas de esta prenda son las que más estrés me generan: tiende, recoge, dales la vuelta, empareja (negros, blancos deportivos, tobilleros, estampados…) Y continúa: ordena, distribuye por los cajones según el dueño del pie… ¿Estresarse ante el lavado de esta prenda le ocurre a alguien más, o solo es a mí?

¡¡Benditos navegadores!!

Cargado nuestro coche hasta la bandera nos aventuramos hacia la carretera, ¡vamos allá! Todos a bordo y una amiga, una voz que nos ha acompañado estos siete días: la señora, o señorita, indicadora del navegador, esa que en ocasiones llegas a detestar por no callarse y confundirte hasta la desesperación: «gire a la derecha» y la calle es prohibida, o también cuando te dice: «abandone la vía y tome la A7- P34- C89-E44 en dirección “yoquesé” y en la rotonda tome la cuarta salida hacia Z78, después, permanezca a la derecha», y entonces, miras al piloto y el piloto mira al copiloto y decís al mismo tiempo: «¡¡¡¿qué ha dicho?!!!».

Tengo que confesar que subí al coche días después del viaje y que no escucharla se me hacía muy raro, creí que la iba a necesitar hasta para llegar a la habitual comida semanal en casa de mi suegro.

Vitoria, la ciudad blanca

Tras seis horas de ruta, con las pertinentes paradas para el baño y comprar algún tentempié con el que coger fuerzas en el área de descanso, llegamos a Vitoria, donde haríamos noche. Ya esa primera parada se agradece infinito, puesto que viniendo de una zona tan calurosa , echarte por encima la «rebequita» mientras paseas, es un acto veraniego desconocido en nuestra ciudad de origen en pleno agosto.

Hacía justo un año que visitamos esta preciosa ciudad y en esa ocasión tuvimos la suerte de hacer una ruta a pie guiada, nocturna además, con el aliciente de que el guía, ayudado por la linterna de su móvil enfocada hacia su rostro aprovechando la oscuridad de algunos rincones,  nos deleitó con las leyendas que rodean a algunos de sus edificios emblemáticos. Escuchamos aquellos extraños y divertidos misterios con curiosidad y unas cuantas sonrisas. Recordamos ese paseo como una experiencia muy interesante y divertida, totalmente recomendable sobre todo para amantes de lo paranormal.

En esta segunda ocasión aprovechamos para revisitar el casco antiguo y tras un agradable paseo y una frugal cena tocaba descansar puesto que partíamos al día siguiente.

Burdeos

Otra de las ventajas de viajar en coche es el poder apreciar cómo va cambiando progresivamente el paisaje a medida que vas haciendo kilómetros y asciendes en el mapa. Francia nos recibió lluviosa, con verde a ambos lados de la carretera, las nubes descendiendo por las laderas del monte, enredándose entre las ramas de los árboles.

El silencio era absoluto en el coche, cada uno ensimismado en sus propios pensamientos o simplemente disfrutando del día, del cielo gris y plomizo y sintiendo sobre nuestra piel, acalorada desde meses atrás, de nuevo esa «rebequita» y el pantalón largo, sacado del armario donde había estado dormitando desde la primavera. Ambiente muy agradable en el interior del vehículo, tanto como para comprarlo en una tienda de encontrarlo a la venta en otro momento y otro lugar de la geografía.

Burdeos en una ciudad que sorprende y gusta a partes iguales, cada rincón, cada esquina, calles con encanto, callejuelas inesperadas y grandes monumentos: la catedral de San Andrés…

La ópera, el edificio de la bolsa…

Frente a este edificio se encuentra una explanada cuyo pavimento es tan brillante y pulido que el sistema de aspersores colocado a fin de mojarlo, tiene la cualidad de convertir ese suelo prácticamente en espejo, y allí te encuentras a niños y adultos, descalzos, paseando por ese espacio y fotografiando una curiosa imagen: ellos mismos y su reflejo proyectado a sus pies. Del mismo modo que se proyecta el reflejo del edificio de la bolsa, creando así una postal digna de admirar. El verdadero espectáculo reside en poder contemplar esa imagen por la noche, con el edificio iluminado.

Visitas guiadas… ¡sí, por favor!

Somos fans de las visitas guiadas y también en esta ocasión fue nuestra elección para recorrer la ciudad «con conocimiento de causa». Contactamos con Civitatis (para todos los que no conozcáis este tipo de visitas se contratan por internet sin tener que abonar nada en el momento de la reserva, tan solo deberéis ser respetuosos y personaros a la hora y en el punto de encuentro citado, al final del recorrido según los vivido, expectativas cumplidas, amabilidad, grado de conocimientos del guía, lo ameno y entretenido que ha sido y todo lo que os haya supuesto ese paseo será lo que os sirva para cuantificar el dinero que deseáis abonar, es decir, vosotros mismo ponéis precio a la visita).

Sin duda fue un paseo de dos horas muy agradable, lleno de anécdotas y de historia, que tuvo como protagonista a Leonor de Aquitania, figura indisoluble a la ciudad, la región y el país.

En esta ciudad podréis degustar su dulce típico: las cannelés. Su sabor, empapado en ron, os sorprenderá dejando un regusto muy agradable en la boca, aunque la textura puede no acabar de decidiros a probar otro. Los encontrareis en varios tamaños por lo que podéis animaros a empezar por la versión más pequeña.

Cuando se viaja al exterior no hay que olvidar el horario de comidas que os vais a encontrar, recordar esto es importante en países como Francia en el que a las 13,00 horas ya están sentados a la mesa, puesto que de lo contrario os encontrareis los restaurantes cerrados o en los que ya no sirven comidas. Ese día, debido a las horas de carretera tocó hacer, previa a la visita, un picnic (que me encantan, por lo improvisado, por elegir el lugar donde poner el trasero, por la sensación de «estoy de vacaciones» tan absoluta que te proporciona una actividad tan sencilla). Las surtidas ensaladas que inundan las estanterías de los supermercados ayudan a facilitar la tarea de esa comida improvisada.

Aunque para la cena, las opciones en Burdeos son variadas y todas apetitosas. ¿Qué os parecería degustar un menú de dos estrellas Michelín en el «Hotel de Burdeos»? En este elegante establecimiento, frente al edificio de la ópera, se encuentra el restaurante del famoso y televisivo chef Gordom Ramsey. Pues si es de vuestro agrado y está al alcance de vuestro bolsillo no perdáis la ocasión.

Y la otra opción, de cero estrellas pero ambiente extraordinario la encontramos en esta calle (Rue des Faussets) repleta de restaurantes cuyas mesas inundan la estrechez de sus aceras.

Os animo a callejear, a recorrer rincones y doblar esquinas… el barrio bohemio de Chartrons, sus numerosas iglesias… y a medida que camináis descubriréis cosas tan curiosas como esta:

No sé si sabéis qué es pero es todo un vestigio de cuando las calles no estaban asfaltadas y al ser Burdeos una ciudad asentada en terreno arcilloso la lluvia no contribuía a llevar los zapatos muy limpios. Esta arandela de metal sujeta a la pared, junto a la entrada principal de las casas, servía a sus inquilinos para limpiarse el barro del calzado antes de entrar en la vivienda.

Y si os gusta salir de compras la oferta en Burdeos es enorme y muy variada, las tiendas de ropa harán que vuestros ojos viajen hasta más de un escaparate.

Arte por todas partes

No vais a dejar de descubrir diferentes manifestaciones artísticas de todo tipo. Como la escultura de nuestro insigne Goya que fue donada por el gobierno español y que luce majestuoso en la calle Mably, junto a la iglesia donde se ofició su funeral.

Y más arte:

Arquitectónico…

Escultórico

Grafitero

¿¿¿¿¿???????

Arte natural, original, mensajes que lo dicen todo aunque no digan nada:

Un encuentro inesperado, un tesoro en mitad de la calle

Quedaba regresar al hotel tras una agotadora aunque fructífera jornada de viaje y lo mejor estaba por salir a nuestro encuentro. Muchas imágenes bonitas son las que guardo de Burdeos pero me quedo con este tesoro que encontré en un parque:

Para una lectora empedernida, amante de las letras, de las palabras con encanto y el embrujo de las frases que despiertan todo tipo de sentimientos, encontrar un espacio para la lectura en un parque público es algo que me emocionó. Ver esa vitrina repleta de libros en plena calle, a la que todos puede acceder con tan solo descorrer el delgado cristal es un gusto, un privilegio casi.

Descorrí el cristal, como no, incrédula de que no estuviese cerrado con llave y pude comprobar que todos los libros estaban en un excelente estado de conservación. Y entonces, un olor a papel envejecido llenó mi nariz, y mis dedos recorrieron con placer la textura de las hojas que han sido muy sobadas y palpadas, páginas que han sido pasadas una y otra vez. Rinconcitos así en nuestras ciudades sería muy agradable de poder encontrar, pero toda una responsabilidad el saberlos cuidar y conservar.

Rennes: punto de salida para todas las rutas.

Para nuestro recorrido por la Bretaña francesa escogimos un punto de partida donde poder descansar y desde el que realizar todas las visitas en los siguientes días. Y Rennes es ese perfecto y bonito lugar. Aprovechamos el primer día de llegada para ejercer de turistas curiosos. Es esta una ciudad en la que también se pueden encontrar bonitos rincones y fachadas antiguas llenas de encanto. No dejéis de visitar su catedral, de estilo Neoclásico, penetrar en su acogedor interior os hará maravillaros de una excepcional decoración que invita al recogimiento.

Y después del paseo, ¿os apetece un buen café con un dulce típico? Pues no dudéis en hacerlo, os encantarán los Kouign Amann, unas mini tartas de mantequilla tradicionales de la Bretaña ¡¡deliciosas!!

Mont Saint Michel

Todo es bonito en la zona en la que nos encontrábamos pero sin duda la visita al Mont Saint Michel era para mí la más esperada. Lugar tantas veces visto en televisión y cine que era un sueño prácticamente encontrarme en ese especial lugar.

El acceso en coche está limitado a los alrededores, pero encontraréis un aparcamiento de pago donde obligatoriamente se debe dejar el coche. Después y para acercaros hasta la abadía (y la vuelta hasta el coche en el regreso) tenéis tres formas de hacerlo: bus gratuito, paseando (20 minutos a buen paso) o en carruaje (previo pago).

Si optáis por el bus no desanimaros ante la visión de las colas, que son larguísimas pero avanzan con una celeridad sorprendente puesto que los autobuses no dejan de pasar de manera continua. Como curiosidad: estos autobuses no tienen parte trasera o delantera como tal, puesto que disponen de volante en ambas partes, dada la dificultad que el reducido espacio para maniobrar de la zona supone, por lo que no giran y siempre avanzan en línea recta.

Y si optáis por el paseo yo recomiendo que sea a la ida, puesto que tendréis ante vosotros el ansiado destino y a medida que os vais acercando podéis apreciar toda su belleza. Es uno de los mejores paseos de los que disfrutareis y las vistas para las fotos son todas espectaculares.

Las campanas de la abadía repicando fue la mejor de las bienvenidas que podía haber imaginado y con ellas sonando accedimos por las empinadas cuestas hasta llegar arriba.

La abadía es visitable tanto por libre con audioguia, como con guía para realizar la visita en grupo en el idioma que elijáis, el precio de la entrada incluye ambos. Recomiendo hacerlo con guía para empaparnos bien de la historia de tan singular lugar.

La foto que nos espera desde la terraza es irrepetible, desde allí arriba, acompañados del sonido de las gaviotas revoloteando por encima vuestro, podréis deleitaros con la vista de la bahía en la que vuestra mirada se perderá entre la inmensidad de la arena que separa a Bretaña de Normandía, cuyas siluetas de sus costas son fácilmente visibles desde lo alto de la abadía.

Y de nuevo la hora de comer se nos echó encima y era tal la cantidad de gente que había de visita que todo estaba completo, por lo que comer se hacía prácticamente imposible en cualquiera de sus bonitos restaurantes. De nuevo un picnic, sí, así que hicimos acopio de unos deliciosos fish and chips, a la venta en los variados locales de comida para llevar en los que encontrareis también pizzas y bocadillos para todos los gustos.

Salimos del recinto y buscamos asiento frente a las arenas de la bahía, el viento soplaba contándonos la cara y revolviendo nuestro pelo, pero fue una comida ligera que se saboreó con ganas puesto que había hambre tras horas de visita a pie.

Se recomienda a los visitantes que los paseos por la arena se hagan con la ayuda de un guía puesto que hay zonas de arenas movedizas, importante detalle a tener en cuenta.

Este pequeño visitante nos hizo compañía en el picnic

Dinan o enamorarse paseando

Dinan es una visita imprescindible en la Bretaña francesa, no vais a encontrar rincón feo en la calle más bonita que yo haya tenido ocasión de recorrer. Una calle en pendiente que se se inicia en la Rue du Jerzual, si lo hacéis desde la parte alta y acaba en la Rue du petit fort, llena de casas con fachadas de madera que datan de los siglos XIV y XV.

Miréis donde miréis vais a encontrar una preciosa foto y querréis llevaros en vuestra cámara  todas y cada una de esas casas frente a las que paseáis.

Si os gusta la pintura y deseáis hacer una compra interesante, los ateliers donde trabajan y exponen sus trabajos los artistas harán que vuestra elección sea complicada dada la calidad que exhiben.

El final de ese paseo desemboca en el pequeño puerto, donde los numerosos restaurantes salen a vuestro encuentro para que disfrutéis de la gastronomía de la zona. Por fin estábamos en hora con la comida del país y ese día no hubo picnic, sino que disfrutamos de unos deliciosos mejillones bañados de una exquisita salsa y acompañados de un fresquito vino blanco.

Como curiosidad: en esa zona los mejillones se sirven acompañados con patatas fritas.

Josselin

Otro lugar más donde recrear vuestra vista. Lo primero al llegar fue reservar la visita en el castillo, puesto que la cantidad de turistas hace imprescindible anticiparse, las visitas están programadas según el idioma y son guiadas, puesto que, como casi todos los chateaux, son propiedad privada y en ellos residen los dueños.

Después nos acercamos hasta la basílica de Nuestra señora de Roncier, para visitar esta y su campanario, un ascenso de 45 metros en espiral donde su escalera de caracol os hará temblar las piernas así como también provocará en vosotros unas cuantas risas ante el esfuerzo que supone subir sin acabar de ver nunca el final.

Para comer una opción es la coqueta plaza junto a la basílica donde degustar unas deliciosas salchichas bretonas.También podéis saborear la sidra de la zona, curiosamente servida en taza.

Chateaux de cuento

Muchos son los castillos que visitar en la región, además de en Josselin encontrareis el encanto que reviste al de Coumburg.

También visitable con guía y con el añadido de que podréis hacer un recorrido guiado en una carreta tirada por caballos para dar un paseo por la extensa y verde zona exterior, sin duda eso os hará sentiros casi como dueños y señores de la propiedad. Justo esos días estaba yo inmersa en la lectura de un libro ambientado en uno de esos castillos de cuentos, repletos de criados y doncellas y fue muy fácil ponerse en situación al visitar este bonito lugar.

Fougeres

Nuevamente un castillo, casi fortaleza, que no debéis dejar de visitar, en esta ocasión con audio guía. Desde cuya muralla obtendréis unas impresionantes fotos del pueblo.

Y tras un paseo queda comer. Si no lo habéis hecho ya es hora de probar las sabrosas omeletes, a la que le añadirán los ingredientes que gustéis para dar más sabor a un plato tan versátil. Otra opción son las galettes, variedad de las crêpes elaboradas con trigo sarraceno a las que se le añaden ingredientes salados.

Si os habéis quedado con hambre o deseáis productos típicos para degustar en la merienda, en cualquier tienda de regalos os recomiendo las galletas de mantequilla, las crujientes galletas de caramelo salado y las madalenas de mantequilla.

Vitré

Y un castillo más y otro paseo por sus bonitas calles llenas de casas de fachadas encantadoras. Y por si os cansáis en vuestro recorrido encontrareis sillas como estas con bonitos mensajes que invitan a la relajación por unos instantes.

Os traduzco el mensaje: «Sí, sí, es para vosotros, sentaos, mirad, cerrad los ojos y respirad»

Verdes en todas sus tonalidades

La Bretaña francesa es como un batido lleno a rebosar de vitaminas pero para la mirada, un descanso, una inyección de verdes en la arboleda, los helechos, la hierba que crece salvaje o el cuidado césped de los jardines, los campos de maíz, la maleza, las enredaderas que trepan por las fachadas, el musgo de las piedras, la hiedra enroscada, los arbustos que bordean las carreteras… un cuadro verde enmarcado casi todo el tiempo en una paleta de tonos grises que caen desde el cielo.

No os podéis perder el encanto que rodea el bosque de Brocélieande, tan solo llegar a él a través de esta carretera ya vale la pena.

Una vez que lleguéis a la Abadia de Paimpont y tras la visita, lo mejor del día será sin duda un paseo alrededor de su lago para adentraros en su bosque.

Y lo mejor es que entre pueblo y pueblo, visita y visita e instrucciones del navegador recorreréis infinidad de pequeños pueblos donde disfrutar de la arquitectura típica de la zona.

Sabemos que nos quedan pueblos que visitar y rincones que descubrir, entre ellos Rochefort-en-terre, o la Gran Duna de Pilat en el litoral aquitano.

Con lo que inevitablemente tengo que pensar que habrá que regresar, de momento solo decir…

Y añadir A BIENTOT

Autor

antonio.izquierdo.ai@gmail.com

Comentarios

Cristina Logopeda
2 septiembre, 2019 a las 3:31 pm

Desde luego leerte es como ir de viaje!! Disfruto mucho de tu guía y tus comentarios. Muy identificada con la señora/señorita que os acompañó, la del GPS!! Yo hice un viaje en coche por todo Portugal y también la eché de menos!!!
Muy bonitas las fotos!! Me ha encantado el estante con libros en mitad de la nada y la silla, para descansar y respirar para que se haga más placentero el camino.
Sigue viajando que me quiero recorrer el mundo!!



3 septiembre, 2019 a las 12:42 pm

¡Ay, quiero ir ya!
Lo de los calcetines y ropa interior es lo peor del mundo, mundial, sobre todo que luego vuelvan a estar en los cajones o armarios correspondientes y otra cosa es la pérdida de los calcetines, supongo que alguien habrá hecho un doctorado, porque yo es algo que no entiendo, en casa les estamos dando alguna salida haciéndoles ropa a los muñecos, salen cosas muy interesantes.



    20 septiembre, 2019 a las 7:47 pm

    Tu eres muy práctica y reciclas, yo directamente los tiro si se quedan cojos… Aunque los cojos también los he visto yo luciendo en varios tobillos, uno de cada, ¡¡dan personalidad!!, no sé de qué tipo pero la dan, al menos te hacen diferente. Ánimo con ese viaje.



4 septiembre, 2019 a las 12:12 am

Las fotos son una delicia
Y tus comentarios te.mrten de lleno encada rincón. Una pena tener que lavar, doblar y guardar calcetines después de un viaje tan maravilloso.



4 septiembre, 2019 a las 11:26 pm

Menudo viajazo!! Que lujo y que placer recorrerlo contigo, me apunto todos los tips y consejos, sobretodo lo de los dulces típicos!!! Una preciosidad de fotos.



5 septiembre, 2019 a las 12:11 am

¡Un placer acompañarte allá donde vayas!tienes un don para «teletransportarnos» contigo allá dónde viajas. ¡Me encanta conocer lugares así! Sigue compartiendo tus viajes y momentos con nosotros



19 septiembre, 2019 a las 11:54 am

Ayyyy, ¡qué recuerdos más bonitos de cuando estuve por la preciosa Bretaña! Lo has descrito con tanto gusto que dan ganas de volver… no sé qué es lo mejor de la zona, si la arquitectura, la gastronomía, el ambiente,… Uffff, ya me veo haciendo la maleta…





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