de tu balcón al mio
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DE TU BALCÓN AL MIO

Espacios apasionantes

Balcón: pequeño territorio, a veces salvaje e inhóspito, que no es interior y es casi exterior, pertenece al hogar y dependiendo de la función que se le dé se le toma más o menos cariño.

Evidentemente esta no es la definición que figura en el diccionario de la RAE, pero para mí diccionario personal así es como lo veo.

Si levantamos la cabeza de camino a nuestro trabajo o en un recorrido habitual por la ciudad o pueblo en el que vivamos podemos descubrir balcones muy interesantes, en lo positivo y también en lo negativo. De estos últimos serían lo que pertenecen al grupo de aquellos abarrotados de enredos, serían los balcones que hacen la función de trastero, pero de cara a la calle, toda una «galería del coleccionista», el mismísimo «teletienda» frente a tu edificio. Un «Diógenes» pero para fuera. 

En una ocasión, recuerdo haber visto por televisión a un señor que ya había adquirido su ataúd para cuando pasase a mejor vida. Y a la espera de tan incierta ocasión, lo tenía apoyado de pie en su balcón. Los vecinos se quejaban de que la vista no era nada agradable, más bien tétrica y un tanto desconcertante, pero él era sumamente feliz sabiendo que ya había hecho la compra de su vida, puesto que a nadie le dejaría el gasto económico que semejante artículo nos hará desembolsar a todos antes o después.

Aunque, tal vez este cumplido y precavido señor no advirtió el sol justiciero que inunda este país, sobre todo en los meses de canícula, y que tras el tiempo transcurrido desde la compra hasta el posterior uso del objeto en cuestión la madera podría estar un «poquitín» picada. Ya no hablemos del color, totalmente desvaído, sin embargo la estética en semejante trance no cuenta.

Lo que sí cuenta y es muy alarmante, es que introduzcan al finado y que la caja se desarme en pleno velatorio, o intentando alzarlo para su descanso final en el cementerio y que ese cuerpo inerte salga desparramado en mitad del evento. Creo que esto es algo con lo que este hombre no ha contado. Él simplemente presumía satisfecho con su adquisición. «Si yo no voy a estar», pensaría, «lo que ocurra una vez ocupada la caja no es asunto mío»… Ande yo caliente y ríase la gente, sería la conclusión final a la que llegaría este hombre de plantearse, cosa que dudo, la problemática que yo aquí he ofrecido.

El escrito ha tomado un tinte un tanto oscuro con este tema tan fúnebre… será porque viene por ahí bien cerquita el día de Todos los santos.

Balcones dignos de concurso

En unos balcones sacan féretros para desconcierto del vecindario y en otros estarían las flores del entierro. Es tal el despliegue floral de algunos balcones que inevitablemente te quedas embelesada mirando hacia arriba… Todo tan cuidado, esas flores reventonas, se te van los ojos y luego te retrotraes hasta las macetas que adornan tu propio balcón: pocas, secas, feas, con cuatro hojas… Te paras a pensar en lo preciosas y llamativas que eran el día que las compraste y no acabas de dar crédito a que tan solo unos días después de adquiridas empiecen a mudar la piel y a convertirse en las mismísimas macetas del exorcista.

Y te preguntas: ¿qué hago mal? Las riegas a menudo, les da el sol justo y necesario que el florista recomendaba, les quitas las hojas secas y ellas, las muy desagradecidas, te pagan muriéndose. Pero antes de que eso llegue pasan por el proceso de que no las reconozca ni la madre que las plantó para que tú no te atrevas a lanzarlas a la basura por si acaso remonta o revive y regresa todo su esplendor. Y ahí las tienes, escuchimizadas y horrorosas, para que todos las vean y esa vecina que tienes enfrente presuma cual pavo real cada vez que riega las suyas riéndose de tu muestrario de jardín abandonado tras la catástrofe de Chernobyl.

Tan monas ellas cuando estaban a la venta y luego en casa mira. Esto es algo parecido a cuando una chica luce espectacular y de punta en blanco y llega a casa para desprenderse de todo adorno: se quita la ropa, los altísimos tacones, se despide del bien aplicado maquillaje y se pone el pijamita lleno de bolas, la «batica» de la abuela esa tan suave y calentita y las pantuflas cómodas y tan «gustositas». Ya no tenemos que dar nuestra mejor versión, ahora es la versión original, la de estar por casa.

¿Alguien ha probado a llevar hasta la casa familiar esas plantas medio muertas? Yo sí, para que mi madre las recupere, no me atrevo a tirarlas a la basura, sigue viva, es una crimen vegetal. Y mi progenitora, al verme llegar de esa guisa con mi cara de velatorio que acompaña a lo que llevo en  la mano: ese tallo seco luciendo unas tristes hojas, no puede sino mirarme con ojos acusadores que tan solo dicen: «¿pero es que no las riegas? ¿qué les haces?». «Lo mismo que tú», le contestas también con la mirada, exactamente lo mismo que tú.

Pero al parecer el quid de la cuestión está en que no soy ella, ni tengo su mano para las plantas. La prueba está en que, al cabo de un par de semanas y en ese nuevo domicilio la maceta luce con su mejor atuendo, maquillaje, tacones y bolso de marca y te dan ganas de inclinarte sobre la planta renaciente para gritarle: «lo haces a propósito, ¿verdad? ¡¡Por fastidiar únicamente y nada más!!»

Balcones lanzaderas

Así llamados por todo lo que sus dueños no dejan de lanzar para que caiga a la calle o sobre los ajetreados transeúntes. ¿Quién no ha visto sacudir las alfombras? ¿Y el mantel con las migajas? Ole y ole, y el gusto que da pasar por debajo en ese momento y que te ven y continúan con semejante falta de civismo y respeto, les da exactamente igual.

¿O quitarle las pelusas al cepillo? Claaaaaro, es lo más natural y normal echar toda esa porquería hacia la calle, porque no hay sitio en casa donde poner unas pelusas, ¿la mierda pa dónde? Pues como dice la canción de El gran combo de Puerto Rico:«Pa fuera… pa la calle».

Fumar un cigarro y arrojar la ceniza y al acabar, claro está, también lanzas la colilla por el balcón. ¿Y cortarse las uñas en la barandilla y dejarlas caer? ¿Esto alguien lo ha vivido?

¿Y el vecino orinando desde su balcón? ¿Esto tampoco lo ha vivido nadie? Pues yo sí y siempre he vivido en barrios de lo más «normal», pero claro, los moradores que habitan en las casas del barrio «normal» no lo son tanto. Se ve que el balcón es un lugar sin leyes ni normas, donde hagas lo que hagas todo vale, porque no es ni dentro ni fuera de casa, es un espacio ahí, suspendido, como en el limbo y por eso, al parecer, todo está permitido.

Ya ni cuento las veces que algún vecino sale al balcón a hablar por teléfono, bueno, digo hablar por no decir vociferar, porque si esas personas tuvieran una conferencia con Nigeria y no usaran el teléfono la conversación les seguiría llegando al interlocutor clara y nítida, del mismo modo que nos llega a todos los que vivimos enfrente.

En una ocasión el vecino organizaba una fiesta sorpresa para su prima Mari Trini, que en realidad la tal Mari Trini se tuvo que enterar del evento con todo lujo de detalles, porque al parecer su primo «el bocas» no sabe que el sonido se propaga por el aire y a poco que viviera a 6km a la redonda las noticias debieron llegarle seguro. Los organizadores se quejarían luego de que la agasajada no se sorprendió en absoluto.

Actividades varias, casi aventuras y desafíos extremos.

No hablaré aquí del balconingporque solamente nombrarlo ya me causa indignación de lo obtusos y cerriles que pueden llegar a ser algunas personas. Pero se escuchan noticias de todo tipo, desde la chica que hacía yoga sobre la barandilla hasta que resbaló y ya nunca más meditó (meditar le habría venido bien antes de semejante ocurrencia). O esa pareja que hacía el amor en el balcón, apoyados en la balaustrada y fue tanto su amor que no es que se les rompiera de tanto usarlo, es que se precipitaron con él al vacío, a plena luz del día y uno sobre otro.

Estos fogosos exhibicionistas afortunadamente pudieron contarlo, dados los pocos metros que les separaban del aterrizaje orgásmico. Aquello no fue un: «ven pacá que te subiré al cielo», no, fue un «te bajo a las puertas del mismo infierno». Ni tampoco fue el romántico: «vas a ver las estrellas, el infinito y más allá…», porque lo que vieron ambos dos fue el rostro de la muerte, la ambulancia y las caras de susto de todos los incrédulos vecinos.

¿El balcón convertido en piscina para disfrute del niño de la casa lo ha llegado a ver alguien? No tiene desperdicio alguno. Y no hablo de poner una piscina en el balcón, noooo, eso sería normal, lo anormal es esto, véase foto, por favor.

Como diría mi abuela: «pa ver cosas estar vivo».

Los balcones son todo un mundo

No sé ni cuantas páginas de consejos podemos encontrar para hacer que las palomas no se posen en nuestro balcón y evitemos que dejen sus excrementos: desde el más conocido de colgar cedés para que les deslumbre el reflejo hasta colocar este buho de porcelana, que las palomas no se posan por susto si no por lo feo del artefacto.

Sea como sea no es lo mismo tener un gran balcón que mira al mundo que un balconcito mínimo, mirando al edificio de enfrente, ese que casi puedes tocar con la mano al ser la calle tan estrecha. Para mí eso es como asomarse y mirar a la nada más absoluta… ¡porque para lo que hay que ver! ¡Y en ocasiones lo que hay que oír, querida Mari Trini! Además, en esos balcones tan reducidos y estrechos apenas te cabe un tendedero con el que debes luchar a brazo partido en los días de lluvia para que la ropa se te seque.

Yo quiero un balcón con unas vistas como estas, oiga usted.

Autor

antonio.izquierdo.ai@gmail.com

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