amores silenciosos
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AMORES SILENCIOSOS

amores silenciosos

Un roce, un simple chocar de dedos le hizo entender que estaba perdida, perdida en una vida que debía vivir como dictaban los demás. Esa mujer había vivido en el mismo pueblo que ella desde que podía recordar, se habían saludado infinidad de veces. La costumbre, lo natural entre vecinos. Pero eran palabras de cortesía que no significaban nada, ni siquiera aquellos rutinarios «buenos días» llevaban implícito el deseo de lo que ofrecías con esas dos palabras.

No recordaba de qué color era su pelo, ni sabía con certeza si su tez era pálida o bronceada por el sol, probablemente esto último no. No se dedicaba a las tareas del campo como ella,  trabajaba en la harinera, a la salida del pueblo. ¿Era alta? ¿Delgada? ¿De bruscas maneras?  ¿O quizás contenida y silenciosa?

«¿Qué te pasa?», le había preguntado su marido nada más verla cruzar el zaguán, ese que permanecía en semipenumbra, y aun así él captó el rubor en sus encendidas mejillas.

«Nada», pensó antes de contestarle con esa misma palabra y encaminarse hasta la cocina  a preparar la cena. «Nada, nada, nada. No me pasa nada», se repetía una y otra vez mientras lavaba y troceaba con energía las verduras para la menestra de esa noche. La tabla de cortar temblaba bajo sus golpes de cuchillo, como si quisiera hacer diminutos pedazos esa «nada» que no podía quitarse de la cabeza y lo que era peor: no podía arrancarla de entre las yemas de sus dedos índice y corazón, justo los que habían tocado la piel de esa mujer.

Un simple roce al intentar sujetarla por su leve tropezón había hecho encender algo en su interior, algo que no supo identificar, un calor que nunca había sentido y que no pudo ubicar hasta que se miraron. ¿Siempre la había mirado así y ella nunca fue consciente? ¿Y su sonrisa? ¿De verdad esa simple curvatura había pasado desapercibida para sus ojos hasta ese momento? ¿Y el fuego que emanaba la cercanía de ese cuerpo femenino era algo normal?

Encontrarse era lo usual. El camino hasta su casa y su camino de regreso de la harinera. Así fue durante días, el castigo de un mes tras otro, la lucha de los años pasando por encima de ellas dos, por encima de lo imposible, de lo que nunca iba a ser, de lo que nunca llegó a imaginar que existiera.

Tenía un cuerpo acostumbrado a la rutina, a la vida tranquila, sin sobresaltos. Los límites de sus curvas femeninas se habían amoldado a las aristas de los huesos de su marido, a su perfil afilado, mandíbula marcada de sonrisa conocida y a sus ojos casi translúcidos sin mirada real.

Al juntar sus cuerpos notaba cada pliegue, sentía cada arruga, conocía todos sus lunares… Contactos y encuentros sin emoción, rutinarios, predecibles. La sota, el caballo y el rey del amor: caricias previsibles, contornos ya explorados, sabores antiguos, jadeos y respiraciones de una banda sonora demasiadas veces escuchada.

Así vivió aquella mujer de la vuelta de la esquina: palpando realidades y soñando imposibles. Navegando entre lo que no estaba bien y lo que nunca estaría mal.

No eran necesarias las palabras, bastaban los cruces de miradas, estas ya hablaban por las dos y decían continuamente «no y no».

Una noche de verbena en el pueblo se perdió tras ella. Un estrecho callejón, oscuro gracias a una certera pedrada: jadeos, besos, roces y ansiedad. Pero la alegre gente que pasó justo por la calle de enfrente hizo que nada llegase a pasar, tan solo el pensamiento que cruzaba la mente de ambas, convertido en una certeza: ambas padecían una enfermedad, la del «no debemos amar».

Unas creencias, unas enseñanzas, una forma de vida, una fuerte y estricta educación. La moral, la pureza, la fidelidad, el juntos para siempre, el honrar a tu marido, casada hasta que la muerte os separe, el «eres de un hombre y nada más».

La mujer de la vuelta de la esquina cargaba con dos corazones: uno que no se emocionaba ya, un corazón tranquilo, el de la fiel esposa, amante amable y juiciosa. Y otro desconocido desde aquel leve roce de dedos que se arrebataba con esa otra presencia, un corazón que debía acallar.

Cuando el qué dirán era más fuerte que el poder amar, cuando dejar todo atrás y someterse al escarnio público no te empujaba a saltar, cuando el temor a ser señalada te hacía callar y morías viendo la vida pasar.

Autor

antonio.izquierdo.ai@gmail.com

Comentarios

8 marzo, 2020 a las 10:08 pm

No puedo decir nada que no sea que esté relató es precioso.



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